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Samanta
vive en una casa acogedora, ella come bien, está
rodeada de amigos y todos los días se desliza
libremente en el tobogán del parque vecino a su casa,
corre en la rueda giratoria y participa en la carrera de
obstáculos. Ella es infatigable y siempre está
entusiasta.
A Jessica no le falta nada de lo esencial, pero ella no
goza de la misma libertad de movimiento ni de las
excelentes relaciones sociales de su camarada: su único
momento de actividad física es una sesión de natación
dos veces por semana. Ella no ama particularmente nadar,
pero de todos modos se siente, literalmente, "como
pez en el agua".
Samanta y Jessica son dos simpáticos cobayos internados
en el campo del Instituto Salk de Estudios Biológicos,
en La Jolla, California, donde se han realizado desde
nace varios años investigaciones sobre las células
cerebrales. Como consecuencia del descubrimiento
revolucionario, según el cual nuestro cerebro, desde el
mismo nacimiento, puede producir nuevas células, el
estudio de las repercusiones del ejercicio físico sobre
las capacidades intelectuales ofrece perspectivas que
entusiasman.
Una investigación ha demostrado que los cobayos
habituados a utilizar regularmente la rueda giratoria y
a practicar otros ejercicios físicos, como recorrer en
promedio hasta 5 km por noche, tenían una producción
de células cerebrales dos veces superior en comparación
con los otros cobayos más sedentarios. Además, el
potencial cerebral de los que podían hacer las
actividades espontáneamente era superior al de los
cobayos que eran obligados a nadar.
Otras experiencias igualmente han puesto en evidencia
los beneficios de un ambiente rico en estímulo. Existen
remarcables diferencias entre los cobayos a los cuales
se les había propuesto actividades múltiples (juegos
en rueda o actividades que fomentaran la
"socialización") y los que permanecían
enfermos en su jaula, nutridos a "agua y pan
seco".
Fred Cage, la voz cantante del grupo de investigadores
que adaptan los resultados constantemente a escala
humana, afirmó: "El aspecto más interesante es
que nuestro comportamiento a lo largo de la vida podrá
modificar la estructura de¡ cerebro, y aquellos cambios
tendrán, a su turno, su influencia sobre nuestro
comportamiento en relación con el medio en el cual
vivimos".
Una
mayor rapidez de pensamiento
La
actividad física, por consecuencia, hace bien no sólo
a los músculos sino también a la materia gris. William
Greenough, director del programa de Neurociencia del
Centro Beckman de la Universidad de Illinois, sostiene
que una actividad física constante determina
modificaciones químicas que potencian el estudio y la
memoria. Además, se ha constatado que el hecho de que
los cobayos deban aprender a cumplir una tarea
particular no sólo entraña cambios en las células
cerebrales existentes sino que además influye sobre el
desarrollo de nuevas células.
Además de las ventajas bien conocidas del movimiento,
como una mejor irrigación y oxigenación de las células
cerebrales, se puede contar sobre todo una serie de
beneficios que mejoran la calidad de vida. El movimiento
practicado regularmente (los expertos recomiendan 30
minutos por día, para gastar al menos 300 kcal), y
fundamentalmente los ejercicios que necesitan una
coordinación, aumentando las conexiones entre las células,
aseguran intuiciones más rápidas y más brillantes.
No se trata de devenir genios, sino de desarrollar la
creatividad que necesitamos cotidianamente para cumplir
mejor nuestro trabajo.
Favorece
el buen humor
¡No
solamente! Aun el agotamiento psíquico, el mal humor y
el estrés se disipan gracias a la activación de la
endorfina (la "química" de la alegría), y se
reducen los niveles sanguíneos del cortisol, la hormona
responsable del binomio estrés-depresión.
La actividad deportiva debe ser adecuada, interesante,
gratificante y practicada con regularidad. Para los niños,
debe ser también divertida: patinaje, bowling, natación,
etc. Para los adolescentes, los deportes de equipo o de
competición son más atractivos.
También es muy útil programar un ejercicio físico en
familia o en grupo: caminar o andar en bicicleta, hacer
una excursión a caballo, etc.
Los padres deben dar el ejemplo. Estas actividades, además,
favorecen el diálogo, bajan las tensiones y los niños
tienen la posibilidad de alcanzar una buena relación
con su propio cuerpo, con el fin de desarrollar hábitos
y un estilo de vida más sano para la edad adulta.
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